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"Uma vez que, como todos os fiéis, são encarregados por Deus do apostolado em virtude do Batismo e da Confirmação, os leigos têm a OBRIGAÇÃO e o DIREITO, individualmente ou agrupados em associações, de trabalhar para que a mensagem divina da salvação seja conhecida e recebida por todos os homens e por toda a terra; esta obrigação é ainda mais presente se levarmos em conta que é somente através deles que os homens podem ouvir o Evangelho e conhecer a Cristo. Nas comunidades eclesiais, a ação deles é tão necessária que, sem ela, o apostolado dos pastores não pode, o mais das vezes, obter seu pleno efeito" (S.S. o Papa Pio XII, Discurso de 20 de fevereiro de 1946: citado por João Paulo II, CL 9; cfr. Catecismo da Igreja Católica, n. 900).

sexta-feira, 22 de julho de 2022

Santa María Magdalena


Faltaban aún la Cruz y el Sepulcro: allí es donde la eternidad esperaba a Dios y al hombre. La Cruz y el Sepulcro existen todavía: pero ya no ven a su lado más que al hombre. En la época a que me refiero, esta era al mismo tiempo la grande obra del hombre y la grande obra de Dios. Acerquémonos, pues, a ellos y ante todo a la Cruz, como centro de donde la eterna sabiduría ha querido que irradien hacia nosotros la luz, el amor y la vida. A la mañana siguinte de las aclamaciones de Jerusalén, dos días después de las aclamaciones de Bethania, no se veían más que los horribles instrumentos de un suplicio de dolor y oprobio. Este llenaba de pavor al mundo, y, sin embargo, él era el que debía infundirle tranquilidad y confianza: era maldecido, y, sin embargo, él era el que debía bendecirlo. Mas esta transfiguración no se había verificado aún y la Cruz del Calvario, la Cruz del Hijo del hombre ostentaba aún en aquel día todo su horror y toda su desnudez. Contemplémosla, pues, para ver quien permanece fiel a esta cita del cielo y de la tierra.

No está allí Dios, puesto que el Hijo se queja de que su Padre lo ha abandonado. Tampoco estaba el ángel del huerto de los Olivos, porque cuando crucificaron a Jesús y salieron de sus labios estas palabras: tengo sed, no es ya la mano invisible de un espíritu celestial la que le presenta la copa. La atmósfera está serena; brilla el sol con todos los esplendores del Oriente; la montaña de Sión no gime; el santuario está tranquilo, y el velo que cubre el Santo de los santos permanece intacto: aquella hora es la hora del mundo, y el mundo está allí presente. Mirad, sino, a los verdugos que descansan después de rematada su obra de iniquidad: junto a ellos a los fariseos, que aún no han terminado la suya, y miran con tono de befa al que supo descubrir la hipocresía de sus virtudes: más lejos a la guardia romana y al centurión que la manda, con la vista fija y el corazón agitado por un presentimiento que lo domina ya, pero que no se ha revelado por completo a su espíritu; y, finalmente, a los transeúntes, quienes haciendo un movimiento de cabeza y sin cuidarse mucho de aquel espectáculo, dicen con ciertas trazas de contento: Vamos, tú que destruyes el templo de Dios, y lo reedificas en tres días, sálvate a ti mismo.1 Por doquiera, el abandono, el silencio, el ultraje y la blasfemia: y, sin embargo, allí está el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Rey de los siglos, el heredero de todo lo criado, Aquél ante cuya presencia doblan todos la rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos. ¡Ah! ninguno de los suyos está allí. ¿No venrá, ni de entre los vivos ni de entre los muertos, quien lo reconozea y lo salude en la divindad de su miseria?

Pero no, no todos faltan allí. Si Dios no da señales de presencia, porque así lo ha decretado en su sabiduría y en su justicia: si por otro decreto ha llenado de espanto a los que ha amado su Hijo, aún permanece un grupo al pie de la Cruz, y el Salvador al bajar sus ojos puede distinguir a su Madre; a María Cleofás, parienta de su Madre; a Salomé, madre de los hijos del Cebedeo; a María Magdalena; al apóstol San Juan, y a algunas mujeres fieles, que acostumbraban ir en pos de él y servirle. Todo el amor que el mundo profesaba a la Cruz se encontraba allí: pero era lo bastante para que el Salvador reconociese a los que ante de su venida le habían amado, y a los que debían amarle más tarde. Veía en su Madre, que es la Virgen por excelencia, el conjunto de todas las virgenes; en María de Cleofás y en Salomé, el coro de todas las madres y esposas cristianas; en San Juan, la representación de los apóstoles, de los mártires, de los profetas, de los jóvenes consagrados a la castidad, y de los hombres que buscan en el seno de la fe la dignidad sobrenatural de todos los oficios humanos: veía, finalmente, en María Magdalena, a la innumerable y sagrada multitud de pecadores convertidos, que recuperan de manos de la penitencia el traje nupcial empapado en la sangre del Cordero…


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Fuente: P. Fray Enrique Domingo de Lacordaire, O.P., Santa María Magdalena, Cap. V, pp. 73-76. Traducción de J. T., Colección CRHISTUS nº 3, Editorial Difusión, S.A., Tucumán – Buenos Aires, 1943.

1.  San Mateo, XXVII, 40.


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