Blog Católico, para os Católicos

"Uma vez que, como todos os fiéis, são encarregados por Deus do apostolado em virtude do Batismo e da Confirmação, os leigos têm a OBRIGAÇÃO e o DIREITO, individualmente ou agrupados em associações, de trabalhar para que a mensagem divina da salvação seja conhecida e recebida por todos os homens e por toda a terra; esta obrigação é ainda mais presente se levarmos em conta que é somente através deles que os homens podem ouvir o Evangelho e conhecer a Cristo. Nas comunidades eclesiais, a ação deles é tão necessária que, sem ela, o apostolado dos pastores não pode, o mais das vezes, obter seu pleno efeito" (S.S. o Papa Pio XII, Discurso de 20 de fevereiro de 1946: citado por João Paulo II, CL 9; cfr. Catecismo da Igreja Católica, n. 900).

quarta-feira, 12 de setembro de 2012

LA MODA, por Monsenhor Tihamér Tóth



terça-feira, 21 de fevereiro de 2012

El hombre moderno rechaza muchas veces a Cristo porque no quiere de dejar de vivir según la moda. Si Cristo es nuestro Rey, no puede ser nuestro ídolo la moda. Donde reina Cristo, no puede tener su cetro la frivolidad. Donde reina Cristo, no es lícito vestirse, bailar y divertirse de la manera como lo hace el hombre pagano, superficial y vano...

«¿Qué tiene que ver la Iglesia con la moda? —así se quejan muchas mujeres—. ¿Por qué razón, con qué derecho se inmiscuye en tales cuestiones? ¿Qué hay de malo en que el cabello de las mujeres sea corto o sea largo? ¿O que su falda llegue cinco centímetros más abajo o más arriba? Según mi sentir, el que una mujer lleve la falda y la cabellera cinco centímetros más o menos corta no importa.

Pero sí importa, y mucho, aquella concepción pagana que busca únicamente a excitar los sentidos; una concepción del mundo y de la vida que se revela en la moda, en el vestir, en el baile, en el lujo y en el gran mercado de las demás vanidades, y que, ahogando la estética en lo erótico, recuerda de una manera espantosa aquella era pagana en que la mayoría de los templos se levantaban en honor de Venus Afrodita.

Solemos decir que Dios nos dejó tres recuerdos del Paraíso: el fulgor de las estrellas, la fragancia de las flores y la sonrisa que asoma en los ojos infantiles. Por lo menos, los católicos que sienten debilidad por las exageraciones de la moda deberían pensar que al escandalizar los ojos inocentes van suprimiendo en el mundo los recuerdos hartos escasos del Paraíso.

El índice de la elevación moral de un pueblo siempre ha sido el respeto que se tiene a la mujer y la manera como la mujer sabe respetarse a sí misma. Pues bien: si podemos fiarnos de esta balanza, hemos de afirmar que nos hallamos ante un desastre. Y hemos de confesar que las mujeres tienen tanta culpa como los hombres.

Porque lo que se hace hoy, esa orgía del maquillaje, del desnudismo, de bailes frívolos; esa licencia que cunde en el trato de muchachos y de muchachas, y esa anarquía que devasta todos los modales sociales, ese lujo desmedido, que ya llega al lujo de Popea, la esposa de Nerón, que se bañaba diariamente en la leche de quinientas burras, o a la locura de las mujeres de Pompeya, que se pintaban las cejas con huevos de hormigas y se ungían los cabellos con grasa de oso y sangre de lechuza, y llevaban puestas diecisiete sortijas..., todo ello es algo más que mera divagación en punto a moda: es una llaga espantosa que al final del segundo milenio de la Era Cristiana se abre en el alma nuevamente pagana.

El fin oculto de la moda se dirige a expulsar el Cristianismo del mayor número de lugares posibles, arrancarle a Cristo más y más discípulos. Por tanto, no se trata ya de una alma sola, de una familia, sino de una cuestión trascendental y decisiva, a saber: de que en toda la vida social, en todas nuestras manifestaciones, tengamos o no la mira puesta en Cristo. ¡Sí! Esta es la gran cuestión.

Ciencia, filosofía, política, diplomacia, masonería, literatura, arte, legislación..., todo, todo esto ya intentó abatir al Cristianismo.

Fue inútil. Todos juntos no fueron capaces de desterrar a Cristo.

Entonces se echó mano de una nueva arma: la vanidad de la mujer. ¿Se ven ya las profundas raíces de la cuestión? Se trata de la guerra contra Cristo. Concedo que la mayoría de las mujeres, cuando se inclinan ante la moda, no saben que son instrumentos de una traidora campaña. No se percatan de que el paganismo quiere abrirse camino de nuevo. Paganismo es el vestido transparente.

Paganismo es el baile indecoroso. La frivolidad espantosa de las playas, el veneno de los cines, el lujo exorbitante..., todo esto es paganismo.

La Iglesia reconoce la legitimidad de la diversión honrada, del cuidado del cuerpo, de la moda sensata y del vestir elegante; pero bajo una condición: no olvidar nunca que el alma vale más que el cuerpo y que por encima de la estética está la moral.

* * *

Cuando se trata de los intereses eternos de las almas, allí la Iglesia católica no cede, no contemporiza. No contemporizó con reyes frívolos, que en su obstinación arrancaron millones de hombres del seno de la Iglesia. Tampoco contemporiza con la moda frívola.

El animal no puede comer sino lo que le indica su instinto, ni puede vestirse con otra piel u otro plumaje; es decir, «ha de seguir la moda» que le prescribe su propia naturaleza. Pero el hombre no es lo mismo. Al hombre le dotó el Creador de inteligencia para que regule sus actos. El hombre, por tanto, escoge los manjares, cambia los muebles de su casa, cambia también sus trajes; y cuando se esfuerza por poner arte en la materia muerta, en el modo de preparar la comida, de arreglar la casa y de vestirse, demuestra con ello una superioridad espiritual.

Este esfuerzo del hombre es completamente natural, lícito y justo hasta..., ¿hasta dónde?..., hasta que pone neciamente en peligro la salud del cuerpo o hasta que intenta excitar las bajas concupiscencias. Aquí tenemos el doble tope; hasta aquí es lícito seguir la moda. Por tanto, sólo en el caso de qué se rebasen estos límites hemos de oponer nuestro veto. Aquí está el criterio recto. El Cristianismo nunca cayó en exageraciones; sólo levanta la voz donde ve peligro.

* * *

¡Los mártires de la moda! Hace un frío que pela. Voy por la calle. Los hombres se encogen ateridos de frío bajo el cuello de su abrigo. Dios atiende a los mismos animales; y así tienen un abrigo de piel para el invierno. Pero las pobres mujeres son esclavas de la moda, que las obliga a temblar, llevando, con un frío que hiela, cuello escotado o una falda muy corta.

La diosa de la moda pagana es Venus; la reina de la belleza sin tacha es la Virgen Madre, cuyo ideal, blanco como la nieve, se refleja en la personalidad afable, recatada, espiritual de la mujer cristiana. Es lo que quisiera yo hacer comprender a las que se someten sin reparo a las exageraciones y ligerezas de la moda, a pesar de que no lo hagan con malicia.

Despótico y tirano ha de ser el poder de la moda, cuando muchas veces, aun mujeres respetables, tienen que vestirse de tal manera que no lo parezcan.

Y, en verdad, yo creo a las mujeres que se disculpan; creo que no se visten de un modo tan frívolo por gusto, y que su alma dista mucho de ser tal como lo dan a sospechar sus trajes. No obstante, ya que causan escándalo, he de repetirles lo que ya en el siglo V, antes de Jesucristo, dijo el sumo sacerdote de las Vestales a una de ellas, acusada de inmoralidad, aunque inocente, según se pudo comprobar después: Si en tu comportamiento y en el modo de vestirte hubieras sido más recatada, los hombres te habrían tenido en más alta estima. La frivolidad en el vestir no sienta bien a la muchacha que mucho aprecia la honradez y la buena fama.


(Cristiano en el siglo XX - Monsenhor Tihamér Tóth, 1951)




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